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12 de octubre de 2011

Sin oficio ni beneficio

Cuando pasas de golpe de tener cientos de ocupaciones a estar libre casi todo el día, es como si cambiaran tu vida en un instante. Suena a película de Hollywood, pero es la mejor descripción que se me ha ocurrido. De repente y sin avisar, te conviertes en uno de esos sin oficio ni beneficio que nadie duda en catalogar y prejuzgar. Llegan las horas muertas, los recuerdos de que cualquier tiempo pasado fue mejor y, aunque sea pronto para decirlo, la nostalgia por la época universitaria.

¿Y cómo plantearse el futuro si no hay salidas para nadie? ¿Por qué iban a existir para mí? ¿Cómo empiezas desde cero sin saber cual es la primera piedra que hay que colocar? Más preguntas sin respuesta, amigos. El descanso no debería prolongarse por mucho tiempo, sin embargo parece que pronto me voy a cansar de descansar, por muy paradójico y redundante que pueda resultar.

31 de julio de 2010

Sometimes...

Algunas veces no se qué escribir. Y me siento, veo mi reflejo en la pantalla, y no hay musas que valgan. Miro alrededor buscando inspiración, y lo único que encuentro es nada.

Algunas veces vuelvo pero no es así como lo siento. Deshacer la maleta y volver a hacerla de nuevo. Pensar en el mañana como en el mayor de los anhelos.

Algunas veces intento componer un día inolvidable, y sólo me sale uno más. Sueño con ese momento, pasarme noches bebiendo... para no olvidar.

Algunas veces me refugio en el tedio. Pongo trabas al deseo de volar, contengo la respiración y hago una fotografía mental del momento.

Algunas veces finjo ser especial. Tachar la normalidad de mi lista me ayuda a sobrellevar la locura. Mi peculiar trastorno de personalidad.

Algunas veces me refugio en palabras. Mis moradas preferidas son sonrisa y felicidad. Pero las puertas no siempre están abiertas.

Algunas veces las horas pasan y mi reloj no lo marca. El sol da vueltas, pero la noche y el día son una mera cuestión semántica.

Algunas veces me muevo sin saber dónde ir. Los caminos parecen laberintos, las señales jeroglíficos, y a mí sólo se me ocurre reír.

Algunas veces pienso que nos deberían enseñar a vivir...

30 de mayo de 2010

Zen

Después de hacerme con una cuna de Newton, y comprarme una bola antiestrés, ¿qué otro objeto inútil me quedaba para completar la colección? No podía ser otro: Un rastrillo zen.


Este artilugio importado a España como método de ¿relajación?, ha recaído en mis manos de un modo inesperado, ya que ha sido un regalo-souvenir.
Puestos a regalar cosas inútiles, hubiera preferido un doblacamisas, un huevo para pies, e incluso una barra de mortadela con aceituna si es preciso. Cualquier cosa menos este cachivache, que no sé dónde colocarlo!
Pero he de reconocer que le estoy cogiendo el puntillo. Remover arena en un plato (que básicamente es lo que es, por muy zen que se llame) tiene su encanto.

Mis allegados me deben ver cara de estrés máximo, para buscarme métodos de desahogo tan exóticos como éste... Pero vamos, todo lo contrario. Estoy en una etapa de mi vida en la que he aprendido a preocuparme sólo por lo que lo merece. Me refiero a que últimamente no me dejo afectar por cosas triviales, por circunstancias en las cuales el estrés y la inquietud no llevan a ningún lado. Toda esta actitud la he logrado sin bolita antiestrés, sin cuna de newton, y sin ninguno de esos cuentos chinos.

La verdad es que no tengo muy claro todo lo que conlleva la tradición zen. Sé que es una de las modalidades del Budismo, pero no tengo ni idea de los preceptos que practica. Yo asumo que la cultura zen es un modo sosegado y filosófico de tomarte la vida, supongo que a través de la meditación y todas esas cosas. Y yo no es que le dedique gran parte de mi tiempo a la meditación, pero sí creo que este jardín zen tan peculiar, llega precisamente en el momento más zen de mi vida, lo que es una enorme casualidad, o una mera redundancia, pero también una verdad como un templo; un templo zen, claro! xD.

20 de mayo de 2010

¡¡¡Snrrr!!!

El título de este post no es más que un intento de onomatopeya de la acción de “sonarse los mocos”. Sí, como lo leéis, un verbo que he practicado frecuentemente durante los últimos días.
De toda la vida, el verbo “sonar” se ha usado para referirse a “hacer ruido”, por eso no entiendo por qué usamos el término de “sonarse” (a uno mismo, se entiende) para la acción de extraer los mocos de la nariz. De hecho, ¿puede existir algo más macabro que designar esa acción con la expresión “sonarse los mocos”?

Os preguntaréis por qué tantas vueltas a esto de sonarse, quiero decir, quitarse los mocos. Pues me ha dado tiempo a reflexionar sobre el tema, porque tengo de ese material para exportar! xD. Tiene narices (nunca mejor dicho) que no haya cogido ningún resfriado en todo el invierno, y cuando llega el buen tiempo, mi sistema inmunológico se vea sorprendido de esta manera.

Pero volviendo al tema, pensadlo bien. Si atendemos al vocablo en cuestión, sólo se me ocurre que se pueda emplear “sonarse los mocos”, porque hacemos sonar esas secreciones atrapadas en nuestras aterciopeladas fosas nasales, al intentar extraerlos. ¿Puede haber algo más retorcido y escatológico que hacer que suene una sustancia tan asquerosa como el moco? No sé quien fue el lumbrera al que se le ocurrió la expresión para este uso... Yo le hubiera llamado extracción mucolítica o soplo nasal, mucho más ilustrativo, preciso, y suena mejor, que es de lo que se trata! xD

19 de marzo de 2010

Let the river run...

Aunque bien podría ser “From lost to the river…” , ya que dice el refrán que “De perdidos al río…” y siempre había pensado que tenía más razón que un santo. Pero resulta que a veces no, que cuando te encuentras con una corriente traicionera, ni siquiera puedes tirarte y “que sea lo que Dios quiera…” que según dicen “aprieta pero no ahoga”.
Y es que estoy ante un río que debe ser como el Guadiana, porque aparece y desaparece cuando le da la gana. El pareado, de regalo.
A veces ves un gran torrente discurrir por el cauce, ves sus aguas correr, claras, cristalinas, lleno de vida… y cuando te vas a zambullir en él, el río se seca. Desaparece.

Ahora es un riachuelo, un triste hilillo de plata. Ya no hay vida, ya no hay nada. Y piensas que quizás todo el caudal que veías, fuese solamente un espejismo. Quizás lo fuera.
También puede ser que algunos ríos tengan este comportamiento de modo habitual. A veces llenos, a veces secos. Y claro, si te arriesgas a lanzarte cuando el caudal es bajo, te puedes estampar contra el fondo… o no.

Tal vez deba aplicarme otro dicho, que con esto de los ríos el refranero español está que lo tira. Y me refiero a ese que dice “Agua que no has de beber, déjala correr”. Voy a escuchar esta canción, a ver si me va entrando en la cabeza…

6 de febrero de 2010

Febril

La mala suerte se cruza en mi camino. Dos días para mi último examen, y la gripe me invade. ¿Alguien quiere estudiar por mí? Escalofríos. Malestar. Treinta y ocho grados. Los apuntes queriendo entrar en mi cabeza. No hay manera.

La realidad se desdibuja. Las luces se apagan y se vuelven a encender. Baile interminable de lo que no puede ser. O de lo que será algún día, tal vez. Nos quedan los recuerdos. La esencia del ayer.

Pero yo pienso en el mañana. En el pronto y en el tarde. En qué bello fue encontrarte cuando todo se iba al traste. En la situación perfecta. Tú, el ron, y yo. Y de pronto un taxi, de camino a casa. A tu casa. Y mañana dios dirá. Y si no dice nada, qué más da…

¿Y qué hago ahora que no tengo tus ojos para mirarlos? ¿Y de qué me río si no está tu sonrisa a mi lado? ¿Y cómo olvido tu lindo pelo alborotado? ¿Y si me miro al espejo, y descubro un yo desfigurado? ¿Y cómo concentrarme en el estado febril en que me hallo?

Delirio. Fiebre. No sé qué hago, ni cómo lo hago. Me dejo llevar entre mantas de algodón, paracetamol y vahos. Se me olvida olvidarte, y volvemos al punto en que me encontraba antes. Y por fin, poder abrazarte.

17 de noviembre de 2009

Tengo algo que contar...

Siempre he creído que tener un blog te enriquece, ya no por lo que puedas experimentar y aprender, sino porque persigues en todo momento tener algo que contar. Y cuando necesitas expresarte, comunicar, y regalar al mundo tu perspectiva de la vida, tus opiniones, tus inquietudes y deseos, te fijas más en tu alrededor. No sólo vives y dejas vivir, sino que reparas en cada cosa, te percatas de los detalles que el día a día no nos deja ver, te paras un segundo a reflexionar ante el constante caminar de la gente, para darte cuenta que detrás de cada rostro se halla una idea, detrás de cada puerta hay un recuerdo, detrás de cada gesto subyace un sentimiento, y detrás de cada persona se esconde una historia que contar…

Quién tiene un blog, tiene una herramienta inigualable de darse a conocer, de mostrar y recibir a partes iguales, tiene una vía de expresión muy distinta a la de la realidad. Ahí esta la gracia de todo esto. Pero el que tiene un blog, también tiene una responsabilidad al fin y al cabo. Tiene la necesidad de plasmar lo que le rodea en forma de entrada, y por ello, allá donde vayamos intentamos buscar la inspiración para un post. Al menos, esto es lo que a mí me pasa.
Un blogger sale de casa a realizar sus tareas diarias, y también a la caza de una buena historia, una reflexión trascendental, una imagen que le inspire una crónica, un chisme interesante para la comunidad.

En mi caso concreto, la mayor parte de las veces se me ocurren las cosas en el momento más inesperado. Por eso dispongo de distintos métodos para retener un tema, y posteriormente escribir sobre él. Las notas apuntadas en el móvil funcionan muy bien cuando una avalancha de ideas te asalta en plena calle. Si las musas te pillan en casa, apunto mis esbozos en un documento de Word para posteriormente darle forma de post. Siempre están los momentos de arrebato, en los que escribes sobre lo primero que se te pasa por la cabeza, le das a publicar, y compruebas que ese día la inspiración estaba de tu lado. O no.

Y es que una entrada pueden nacer en cualquier momento, en cualquier esquina: Ves una situación que te hace sonreír, y piensas que sería un buen tema sobre el que escribir. Escuchas una canción que te pone los pelos de punta, y sientes que tienes que ponerla en el blog. Tienes una experiencia fuera de lo común, y tienes la necesidad de contarlo para que los demás puedan vivirla algún día. Lees una noticia, y se te enciende la bombillita para comenzar un relato sobre la vida, el amor o la muerte. Una película, un libro, un llanto, una mirada que te llega al corazón para quedarse a vivir en él, y te falta tiempo para ir a escribir, publicar y compartir.

En definitiva, buscas asimilar el mundo a cada instante, retenerlo, desmenuzarlo, perpetuarlo en forma de escrito, y devolverlo de nuevo al mundo tras pasar por el prisma de tus ojos, de tu experiencia personal, de tu vida… ¿Y por qué lo hago? Porque lo necesito, y
porque tengo algo que contar…

16 de octubre de 2009

Mortal life


La vida no es más que una enfermedad de transmisión
sexual, que nos conduce irremediablemente
a la muerte


Hoy sólo quería compartir esta cita con vosotros. Porque ir a clase da para mucho más que la desesperación o el aburrimiento, y es que de vez en cuando llega un profesor cachondo que suelta lindezas como ésta.
Nunca había oído la frasecita en cuestión, y la verdad es que estuve un rato dándole vueltas, y tiene toda la razón del mundo. Es cierto! La vida se transmite sexualmente, y sí, es mortal. Hagamos lo que hagamos, esta enfermedad llamada vida acaba matándonos. Inexorablemente.
..

30 de septiembre de 2009

Kiwi!

A veces, en un instante, algo te quita la venda de los ojos, y te das cuenta de muchas cosas. En escasos minutos te da tiempo a recapacitar y reflexionar sobre aspectos que casi ni te habías planteado.
Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y las imágenes que acompañan esta entrada, son de las que marcan, de las que no sólo te hacen pensar, sino que te hacen volver a creer. Creer que los sueños se pueden hacer realidad, por muy difícil que parezca.

Hay muchas formas de luchar por nuestros sueños, pero quizás ésta sea la primera vez en que lo he visto de forma tan gráfica. Todos intentamos superarnos día a día, cumplir nuestros propósitos, dejarnos la piel por alcanzar nuestros deseos. ¿Pero serías capaz de poner todo de ti, para disfrutar durante unos miserables segundos de lo que tanto has ansiado? ¿Serías capaz de apostar tu vida con tal de cumplir tu mayor ilusión? ¿Serías capaz de volar aunque no tengas alas?

2 de junio de 2009

Spare time

Una de las cosas que más me molesta del ser humano, y por ende de mí mismo, es que siempre quiere hacer las cosas cuando no debe, cuando no puede. No deja de ser una contradicción, que cuanto menos puedo hacer algo, más me apetece hacerlo. Estoy hablando del tiempo libre, ese bien tan deseado muchas veces, y aborrecido otras, porque al final siempre nos terminamos aburriendo.

Ante todo, señalar que yo prefiero lo segundo, es decir, prefiero tener tiempo libre y aburrirme, que no tenerlo. Pero ahora que ando con el tiempo justo, ahora que estoy liadísimo estudiando los finales y rematando informes, es cuando más echo de menos tener todo el tiempo del mundo para hacer lo que quiera. Vale, sí, ya sé que no os descubro nada nuevo… pero me revienta que ocurra esto.

Porque es ahora y no después, cuando me apetece salir, cuando tengo ganas de un cine, o de dormir la siesta; cuando quiero escuchar música, cuando los libros me llaman para que los lea, y los empiezo y me enganchan… que eso es lo peor: justo encuentro libros buenos en este momento… Y ahora es cuando más quiero escribir, cuando se me ocurren ideas, cuando vienen las musas…
Pero no, la injusticia que domina el mundo hace que no pueda, que tenga que centrarme en pulir los codos, y que se me canse el dedo de tanto cliquear para terminar trabajos. Ains, que asco más grande!
Porque es ahora cuando necesito tiempo libre, pero no sólo un momentito para despejarme, no! Lo quiero todo! Todo para mí!

Pero tranquilos, ya sé como va la historia… ahora me tengo que joder y aguantar (lo que viene siendo ajo y agua de toda la vida), porque por mucho que ruegue no lo voy a tener… Y cuando todo acabe, estaré feliz, porque por fin podré hacer lo que me dé la gana.
Aunque también pasaré alguna tarde aburrida, en la que no tendré plan. O alguna noche viendo la tele muerto del asco, porque aunque se me antojara ir al cine, las películas en cartel serán una mierda. También habrá días en los que estaré aplatanado y no me apetecerá ni dormir, ni escuchar música, ni leer… y lo mejor será que si me da por empezar algún libro no me gustará… Tampoco tendré ganas escribir, las musas se habrán ido de vacaciones (no las culpo…) y al final, me aburriré.

El tiempo libre es lo que tiene. Que no es eterno. Y precisamente cuando es duradero, es cuando deja de ser tiempo libre y pasa a ser aburrimiento. ¿He dicho algo coherente? Sí, creo que sí… pero no deja de ser una mierda…

27 de abril de 2009

La teoría del bocadillo

Hay pocas cosas en la vida que sean tan invariables como ésta que os expondré a continuación, porque es como el ADN, como el grupo sanguíneo, es algo que define a cada uno de nosotros, que no cambia. La mayoría de las veces lo hacemos inconscientemente, y quizás pocas personas se planteen ésto, quizás sea yo el único en la faz de la tierra que se ha percatado de ello… pero mis observaciones me han llevado a formular otra de mis teorías:

En el mundo hay solamente dos tipos de personas: los que comen el bocadillo hacia fuera, y los que lo comen hacia dentro. Y siempre, sin quererlo, lo cogemos igual, siempre comeremos el bocadillo según nos lo diga nuestro subconsciente. Y nada podremos hacer para cambiarlo.

Yo soy de los que comen el bocadillo hacia dentro. Esto quiere decir que la parte bonita la ponemos hacia nosotros, comemos los bocatas cogiéndolo con la base del pan hacia fuera, y nosotros engullimos cada bocado viendo el bocadillo en todo su esplendor.
Mientras que del otro lado, están los que comen el bocadillo hacia fuera. Es decir, la gente que pone la base del bocadillo mirando hacia sí mismo, y hacia fuera la parte superior del pan; una forma mucho más incómoda, a mi parecer, y por ello es la que menos abunda según mis cálculos.

Después de pasarme años examinando el comportamiento humano respecto a este tema, he de decir que mis estudios reflejan una clara prevalencia de los individuos de la primera clase, los que lo comen hacia dentro. Pero claro, aunque estos especímenes sean los que predominen, también he visto de los otros, siempre en menor porcentaje. Aunque algunos de vosotros piense que coge el bocadillo según le venga, de cualquier manera… No os engañéis! Siempre lo haréis de una única forma, aunque no os deis cuenta.

Ahora decidme, sin miedo a pertenecer a ninguna clase social… Vosotros, ¿de qué grupo sois? ¿Cómo coméis el bocadillo?
Espero y deseo que vuestras respuestas sirvan como ensayo concluyente de mis observaciones, la estadística definitiva que ratifique mi teoría, que pasará a formar parte de los anexos de este intrincado estudio sociológico, como prueba definitiva. He dicho!

2 de abril de 2009

Satisfacción insatisfecha

Estos últimos días no han sido muy animados para mí. Diversas circunstancias en mi vida, distintos hechos a mi alrededor, han hecho que no vea el mundo de color de rosa… Y es que todo se junta y al final… ya se sabe. Habrá que pintar el mundo de colores, a ver si se anima un poco la cosa, pero aún no tengo las pinturas, y el lienzo sigue en blanco…

Pero un mal día, también sirve para reflexionar… y yo en estos días, me he dado cuenta de que la vida es una constante lucha por NO conseguir la felicidad, la incesante búsqueda de la satisfacción insatisfecha. Cuando os explique esta teoría que pasará a los anales de la filosofía, estaréis todos de acuerdo conmigo.

El ser humano, es insaciable por naturaleza, siempre quiere estar mejor. Pero en ese intento de ser felices, sucede realmente lo contrario, y el hombre obra justamente al revés. Ocurre que nos encontramos por el camino con algo que nos dificulta alcanzar la tan ansiada felicidad, hasta el punto de que llega un momento en que casi necesitamos una preocupación, una aflicción o una decepción, para estar felizmente insatisfechos.
Al final, yo creo que es el ser humano, somos nosotros mismos quienes nos ponemos las barreras oportunas para NO llegar al estado de total y absoluta felicidad, y lo hacemos, porque si no, no perseguiríamos nada.

Esta hipótesis me ha venido a la cabeza de nuevo en los últimos días, aunque ciertamente es algo que siempre he pensado. A veces me pregunto si las preocupaciones que me afligen, no serán una mera excusa de mi persona, para mantenerme en la carrera de la búsqueda de la felicidad, y en esa absurda situación de satisfacción insatisfecha, que parece gustarme tanto…
De momento no tengo respuesta…

23 de julio de 2008

Expectativas...

Hoy me ha dado por hacer una reflexión acerca de las expectativas. Lo que nos esperamos de algo, las excelencias que muchas veces imaginamos se reducen a simplicidades… y es ahí, cuando nos proporciona un resultado menos ventajoso, cuando aparece la decepción.
Es algo que ocurre a menudo en la vida, en cosas cotidianas, al leer un libro o al ver una película. Y a eso voy.

Releyendo algunos de vuestros comentarios de mi entrada anterior, me he dado cuenta, de todos los factores que pueden intervenir en nuestras expectativas, y en nuestros resultados de decepción. Por ejemplo, Ardid comentaba que había visto Réquiem for a dream y le gustó, pero que esperaba ese “algo más” que nunca llegó, debido a las grandes expectativas que tenía. Y siempre pasa lo mismo: cuando te hablan muy bien de algo, véase un film, o un libro, siempre construyes castillos en el aire, que acaban derrumbándose, puesto que lo que creías maravilloso, sólo se queda en bueno o muy bueno.

A mi me ocurrió cuando vi Memento por primera vez. Me habían dicho que era una de las excentricidades fílmicas más originales de los últimos tiempos, y que me quedaría con la boca abierta tras su visionado. Y como suele ocurrir, llegó la desilusión, al no cumplir las expectativas. En el segundo visionado, cuando atas cabos y entiendes toda la maraña de secuencias, es cuando ya optas por abrir la boca, y rendirte a la evidencia.

En estos días he leído (por fin) La sombra del viento. Tras búsquedas incansables en bibliotecas y tras comprobar que siempre estaban prestados todos los ejemplares, al final me la han dejado. “La mejor obra de la narrativa contemporánea”, anunciaban las críticas. Todo el mundo decía que era magnífica, admirablemente redondeada… Y a mi me gustó. He de decir que sí, me ha gustado. Pero permanentemente, me iba preguntando ¿Sólo es esto? ¿No hay nada más? Y no, tras un final bastante predecible, no había mucho más… Ahora estoy leyendo El niño con el pijama de rayas, ya os contaré qué tal…

En esto de las expectativas, juegan un papel muy importante los momentos. Hablo de momentos de tu vida, de circunstancias ajenas a la objetividad. Cuando ves una película en una etapa de tu vida en la que estás especialmente sensible, por el motivo que sea, te llega más de lo que debiera, y ese sentimiento que te genera, determina quizás, que sólo puedas decir de ese film subjetivas excelencias. Por ejemplo, cuando vi Buscando a Nemo, a mi me encantó. Es una de las veces que mejor me lo he pasado en el cine. Recuerdo el día, recuerdo la compañía, y recuerdo cuánto disfruté contemplando la pantalla grande durante hora y media, viendo desfilar pececillos inolvidables como Dori. Y por eso, para mí, esa película siempre será especial, independientemente de la objetiva calidad que pueda tener.

Ya para acabar mi reflexión, extrapolar las expectativas a la vida real. Porque ésto no sólo sucede en un libro o una película. A veces esperas tanto que llegue un momento, ansías sobremanera que se conjuren los astros para que acontezca algo, que cuando llega, cuando sucede, lo ves pasar como un mero espectador, y del mismo modo que cuando ves esa película con grandes expectativas, acabas diciendo: tampoco era para tanto.

27 de febrero de 2008

Cuestión de confianza...

Esta reflexión surgió la otra noche, me di cuenta tan sólo hace unos días… y es que a veces la confianza es algo que no se puede explicar. ¿Qué os parece mi sentencia?

Lo cierto es que es una cosa extraña, porque ocurre con personas a las que quieres mucho, con importantes vínculos, pero a la vez están lejos, a las que ves poco por circunstancias de la vida, pero la confianza no se pierde, esta ahí agazapada, esperando el momento de rebrotar como flores en primavera en el preciso instante en que comienzas a hablar con tal o cual persona. Y con esa clase de personas, cuando la confianza nos brinda estas oportunidades, nunca te ocurre eso de que “pasan ángeles” y “nunca se queda buena tarde” porque siempre hay algo que contar, de lo que reír o cotillear…

Pero ojo! También ocurre lo contrario, y es lo que no deja de ser sorprendente… que gente con la que sabes que te une una amistad de toda la vida y con las que has vivido grandes momentos, de repente de das cuenta de que no tenéis demasiadas cosas en común, porque en un intento de conversación frustrado, las únicas palabras que salen, lo hacen a borbotones, sin fluidez, con artificios y mas forzadas que la nieve en verano…

Y es lo que decía, será cuestión de confianza, inexplicable como otros tantos aspectos de la vida, pero que a veces piensas (no muchas veces), y dices coño! Que cosas tiene esto de vivir, que en los momentos más inesperados te hace darte cuenta de matices importantes, en determinados instantes la vida te dice “Stop”, paras, reflexionas (con mayor o menor fortuna) y sacas estas conclusiones, las metes en la mochila… y a seguir el camino.
Cosas de la vida, y de la confianza…