“No soy un Ángel, aunque siempre me han llamado así. Y a mis 37 años, no tengo nada más en la vida que no sea a ti, no tengo ninguna aspiración, nada más que hacer que no sea vivir encerrado en esta habitación.
Como bien sabes, no soy un triunfador, nada más lejos de la realidad, soy todo lo contrario, desde aquel día en que no sonó el despertador…Y aunque todo ésto ya lo conoces, te voy a contar mi relato de supervivencia, quiero que sepas como yo lo viví, como he llegado hasta aquí. Te voy a contar mi historia, la de una vida sin vida, la de un hombre sin destino, la de una persona sin sentido, la historia, de un ángel caído.
Todo empezó aquel día de verano de hace 20 años, en el que mi vida cambió. Seguro que lo recuerdas como si fuera hoy. Hasta entonces, yo era un chico modelo: buen estudiante, educado y respetuoso, todo lo que una madre podía desear. Nuestra familia no era ejemplar, pero sabes que siempre nos quisimos mucho, a nuestra manera. Nunca ha sido fácil ser el mayor de cuatro hermanos, y más si todo lo que te rodea son mujeres… era un caos vivir con tres hermanas, con el eterno anhelo de una figura paterna, y cuidando de las niñas hasta que estuvieron creciditas. Pero llegó un día, en que todo lo de mi alrededor me dio igual.
Ese fatídico día no me desperté. Para mí, era el día en que comenzaría a realizar mis sueños. Me tenía que levantar muy temprano, para llegar puntual a mi cita. Pero el despertador no sonó nunca. Ese fue el comienzo del fin, de nuestro fin.
Cuando abrí los ojos, bien entrada la mañana, pensé que era una pesadilla, pero no, el tiempo había pasado y yo seguía en la cama, ¡ni siquiera mi madre me había despertado! pensaba yo… el día más importante de mi vida… Y no pude presentarme a mi cita. Y jamás lo haría… Había perdido mi oportunidad, y había dejado escapar el momento de hacer la selectividad.
Aquel día de junio maldije todo lo habido y por haber: al despertador, al sueño, a los nervios, incluso te maldije a ti, mamá, en la que siempre había confiado, y que ahí me fallaste, o al menos eso es lo que pensé en aquel momento.
Desde ese día nada fue igual. Tú y yo apenas hablábamos, ambos sabíamos que había ocurrido algo inexplicable entre nosotros, la pérdida del vínculo que nos unía, y que ya no estaba… Dejamos de lado las frases para pasar a los monosílabos… Y así, desde ese día, nunca volvió a ser lo mismo.
Ese año pasó en blanco, sin nada que hacer, sin nada que decir. Mi habitación se convirtió en un fuerte del que no quería salir. Pasaba noches llorando, sin saber exactamente porqué, supongo que por aquel día en que todo se truncó, por los días que le siguieron, porque no hablaba con nadie, y porque veía que todos cumplían sus sueños menos yo.
Se convirtió en rutina, el salir de mi habitación cuando la casa estaba vacía, y cuando había gente me sumía en mis lecturas, mi música, mi cama, mis cuatro paredes.
Llegó junio de nuevo, y otra oportunidad de hacer la selectividad pasó, como un año atrás, y como en septiembre anterior. Hice oídos sordos a unos consejos que no quería, y ni siquiera me planteé retomar los estudios para esta vez intentar cumplir mis sueños. Todo eso fue culpa mía, yo ya no quería seguir adelante con nada, porque la mejor oportunidad la había dejado pasar, y en el fondo pensaba que no me merecía otra.
Y lo demás fue rodado. El encierro fue progresivo, cada vez más radical. Los años pasaban entre las paredes de mi cuarto, las canas empezaban a aparecer, y las arrugas alrededor de mis ojos delataban el paso de un tiempo no vivido. Estaba ya en la treintena, sin apenas saber nada del exterior. Aislado del mundo, viviendo en el mío, y sin que nadie pudiese hacer nada para convencerme de que ésto no era una vida, sino una muerte… Sin que ni siquiera tú, mamá, pudieras sacarme de aquí, aunque lo intentaras…
Llegué a extremos insospechados incluso para mí. Jamás pensé que un simple despertador, me llevara a aquella situación. Dejé de lado a la gente que me quería. Olvidé a mi familia, en una época en la que sólo el tabaco y las pastillas me hacían perder la conciencia de todo, y me ayudaban a soportar mi miserable vida.
Y lo siento, siento todo lo que os he hecho sufrir. Siento no haber sido el buen hijo que todo el mundo decía que sería, siento no haber sido un buen hermano. Mis hermanas se casaron y yo no asistí. Mis hermanas me hablaron, y yo no respondí. Todos intentasteis ayudarme y yo no me dejé. Lo siento.
Pude hacerlo de otra manera, pero no quise. Pudo no afectarme tanto la caída, pude levantarme y seguir, pero yo no lo hice. Tuve miedo de la gente y no lo afronté. Fue más cómodo quedarme en la penumbra y ocultarme como una rata en la alcantarilla. Lo siento, nunca he merecido vuestro cariño, vuestro amor.
Y después de todo ésto llegamos al día de hoy, 23 de noviembre, día en el que estoy aquí escribiéndote mi historia. Y hoy decidí hacer algo por mi vida, decidí dar el primer paso para cambiarlo todo, y es contarte lo que sufrí, mostrarte lo que sentí. Perdóname, mamá.
Esta carta es para ti. Para quien me dio la vida, para quien vio como yo mismo la desperdiciaba, para quien intentó hacerlo todo y no consiguió nada. Para ti mamá, porque aunque ese día no me despertaras, he sido yo el que se ha dormido en la nada, el que no ha querido salir de este pozo que le ahogaba. Tan sólo yo mamá.
Aquí te dejo mi carta, mi historia, mi vida, tal y como no la quise vivir, desde el punto de vista de este hombre perdido, desde la mirada de este ángel caído.
Me voy, pero antes quería pedirte perdón y explicarte porque hice lo que hice. Es hora de hacer algo por mi vida, y cambiar la tuya, apartándote de este sufrimiento que comenzó aquel día.
Hasta siempre mamá. Te quiero.”
Ángel metió la carta en un sobre. La dejó sobre la cama, al lado de una foto de la que siempre ha sido su familia. Abrió la ventana, y Ángel se lanzó al vacío. Intentó desplegar sus alas, pero en el fondo él sabía que no era un ángel, aunque siempre le hubieran llamado así.
Esta historia está inspirada en hechos reales.
Espero que el verdadero Ángel nunca acabe así.